Aparentemente nunca son demasiadas las antologías de cuento que llegan a la imprenta. Acaso siempre las enaltece ex ante el noble gesto de llamar al recogimiento general y hacer oda al género.
Es privilegio del cuento y solo del cuento entre las artes narrativas el —cada lustro— reunir a los nombres consagrados con los emergentes, bendecir por lo alto a todos por igual, llamarles a la conga, a que se tomen los presentes de la mano y den juntos la ronda alegre alrededor de sí.
«Salud, compañero cuentista». Todo esto es mucho decir, naturalmente. Pero es lo que ocurre. Y bien que ocurra, porque el cuento necesita de esa protección corporativa, de esa autoconciencia orgullosa de género que lo defienda frente a la omnipresente novela.